Dignidad, libertad e innovación en el origen del mundo moderno

PEDRO QUINTÍN QUILEZ
Docente de la Universidad del Valle, Cali - Colombia
pedro.quintin@correounivalle.edu.co

Bourgeois Dignity. Why Economics Can't Explain the Modern World, de Deirdre N. McCloskey. Chicago: The University of Chicago Press, 2010, 571 páginas.

Disfrutar con la lectura de un extenso libro que contradice las ideas y convicciones más íntimamente incorporadas puede tener dos explicaciones plausibles: o bien que uno ha cedido a sus instintos más masoquistas, o bien que el libro tiene suficientes virtudes y méritos como para inducir al lector a poner en estado de suspensión, más o menos temporal, las verdades a las que suele estar vitalmente amarrado. Esto último es, a mi entender, lo que me acaba de suceder durante la lectura del libro de Deirdre N. McCloskey titulado Bourgeois Dignity. Why Economics Can't Explain the Modern World (Chicago, The University of Chicago Press, 2010, 571 páginas)1.

Se trata del segundo volumen de la serie dedicada por esta economista e historiadora de la economía al estudio de la "Era Burguesa" (cuyo plan contempla un total de seis volúmenes) con el objeto de elaborar una historia del surgimiento del capitalismo, indagando en el conjunto de las condiciones que lo facilitaron y auscultando las promesas que él ofrece para el futuro de la sociedad. Si en el año 2006 McCloskey publicaba el primer volumen de dicha serie (The Bourgeois Virtues. Ethics for an Age of Commerce, Chicago, The University of Chicago Press2) con el objeto de mostrar punzante y agresivamente, frente a las críticas lanzadas contra el capitalismo desde la derecha conservadora y la izquierda progresista, que la vida burguesa puede ser positivamente ética, aparte de poder ofrecer mejores condiciones de vida para las poblaciones en general y para los pobres en particular (con un factor de crecimiento económico multiplicado por dieciséis entre 1.700 y la actualidad, insiste con vehemencia), en este retoma todas las explicaciones que se han propuesto para dar cuenta de la Revolución Industrial con el objeto de mostrar su debilidad explicativa y proponer polémicamente una causalidad diferente.

Como condensa el subtítulo, el objetivo del libro es mostrar que las explicaciones dadas por los economistas acerca de los orígenes del mundo moderno no son adecuadas y que, como a su vez insinúa el título, las razones hay que buscarlas más bien por el lado de la dignidad. Es cierto, nos dice, que el mundo moderno -representado a sus ojos por los países capitalistas, pero originariamente gestado hace más de dos siglos largos en Holanda y Gran Bretaña-, supone una gran afluencia económica, pero dicha prosperidad no tiene causas económicas. Para demostrarlo, McCloskey desmenuza con paciencia y atenta minucia cada una de las explicaciones que se han dado desde diferentes posiciones intelectuales e investigativas (como el incremento del ahorro, la acumulación originaria, el aumento de la codicia, la expansión de la ética protestante, la mejoría del capital humano, la ampliación de los transportes masivos, la disposición de recursos naturales -como el carbón-, cierta privilegiada situación geográfica, la intensificación del comercio exterior o del comercio de esclavos, el imperialismo, el avance de la ciencia o la búsqueda de la maximización de las ganancias3 y muestra sus limitaciones teóricas, sus falencias metodológicas y sus incorrecciones factuales para, a continuación, ir apuntalando, piedra tras piedra, lentamente pero de forma sostenida, una nueva construcción explicativa: "la innovación (no la inversión ni la explotación) provocó la Revolución Industrial [...y] la conversación, la ética y las ideas dieron lugar a la innovación" (pág. 6): el crecimiento económico, por tanto, no fue causado por

factores económicos mecánicos como la escala del comercio exterior, el nivel de ahorros o la acumulación de capital humano. Esos desarrollos fueron, sin duda, admirables, pero derivados. La economía del Mar del Norte, y luego la economía del Atlántico, y luego la economía mundial crecieron porque cambiaron las formas del discurso acerca de los mercados, los negocios y la invención (pág. 8).

Las formas de hablar y de pensar acerca de la vieja clase burguesa empezaron a modificarse pacíficamente desde el siglo XVIII, menguando poco a poco el desprecio al que la sometían sacerdotes, aristócratas y campesinos. La "Revaluación Burguesa", como ella la llama, fue mucho más trascendente para el desarrollo del mundo moderno que el Renacimiento, la Reforma o las Revoluciones Inglesa o Francesa: el burgués adquirió una nueva dignidad y, con ella, una nueva libertad. De esta forma, ellas están en la base del desarrollo moderno: por un lado, la dignidad sostiene una de las siete virtudes necesarias para ese despegue económico, la fe, y con ella el aprecio por la identidad y el honor propio; por otro lado, la libertad anima a la esperanza, lanza la mirada hacia el futuro:

el mundo moderno fue hecho a partir de una confiada nueva dignidad otorgada a la burguesía -al asumir su lugar en el mundo- y por una nueva y esperanzada libertad -para atreverse a ir más allá-. Asumir su lugar y aventurarse, la dignidad y la libertad, eran nuevas en sus retóricas (pág. 11).

Estas son dos de las ideas liberales -o ideología en términos de Marx-, que auspiciaron el desarrollo de la máquina de vapor, el comercio de masas y la democracia, y a cuya exploración dedica este volumen. De forma más pedestre, podríamos decir que el dinero dejó de ser visto como elemento corruptor de la sociedad, vulgar, enfermizo, intocable o propio de las castas más ruines.

Se trata, por tanto, de un texto que, sin renegar totalmente de los factores materiales, reclama para las ideas un papel protagónico en el devenir de las sociedades: los científicos deben, en general, moderar su "ferviente ideología del materialismo", pues, si bien es cierto que el modo de producción es importante, también lo son las conversaciones entre las personas. La convertida McCloskey, antigua materialista formada en el canon de la economía -no por casualidad fue llevada a la Universidad de Chicago por Milton Friedman y Robert Fogel-, no duda en burlarse de sus pecados pasados: "No soy una idealista por predilección, sino una materialista defraudada. A inicios de los setenta era una obnubilada positivista ignorante, como lo son la mayoría de los economistas" (pág. 45).

Pero no se piense que el texto es meramente económico: filósofos, sociólogos, antropólogos, politólogos, críticos literarios, historiadores e incluso teólogos sabrán encontrar en él a una larga lista de sus más destacados representantes -cuyas ideas y aportes no pocas veces son puestas en solfa-, así como verán -inteligentemente discutidas también a menudo- algunas de sus más reputadas teorías. Se trata de una obra de gran erudición, con argumentaciones sólidas tanto lógica como empíricamente, con amplias comparaciones entre los desarrollos diferenciales de las diferentes partes del mundo -mostrando las vías históricamente cerradas al desarrollo económico- y que juega paciente y críticamente con los saberes acumulados durante los dos últimos siglos.

Por otro lado, cabe advertir que buena parte del atractivo del libro proviene de la pasmosa capacidad expositiva de McCloskey, quien no sólo ha hecho del estudio de la retórica -en general- y de la retórica de los economistas-en particular- uno de sus principales objetos de investigación (sus aportes al respecto en los años ochenta se consideran la señal de partida de un sub-campo académico hoy en expansión), sino que busca producir una escritura cuidadosa, delicada y con cierta exquisitez, algo poco usual en el mundo de las ciencias sociales y, más aún, en el de la economía. De esta forma, el estilo expositivo del texto es de una rica variedad tonal: sin perder en ningún momento el rigor académico, pleno de precisión y coherencia, de la escritura académica más convencional 4, de tanto en tanto McCloskey es capaz de cambiar de registro y asumir irónicamente el tono solemne de quien pontifica y adoctrina, pero también es capaz de hacer surgir la voz del maestro que aconseja y explica pormenores y minucias a sus jóvenes discípulos desde la sabiduría que parece otorgar una larga experiencia personal, o de hacer oír su voz como si fuera la del amigo que conversa afablemente con sus colegas, haciendo íntimas confesiones de parte, buscando la liberadora chanza y la sonrisa compartida -por lo que no duda de tanto en tanto en dirigirse a ellos por sus respectivos nombres propios-, aprovechando de todas formas para lanzar con ellas argumentos y contra-argumentos más o menos envenenados; incluso, por momentos, parece estar conversando consigo misma, en una especie de monólogo interior, revisando antiguas afirmaciones suyas y burlándose de los que -desde sus ojos de hoy- parecen ser imperdonables errores de interpretación.

La lectura de este libro puede, por lo menos, aprovechar a dos tipos de personas. En primer lugar, a quienes están interesados en aproximarse a las diferentes narraciones y explicaciones que se han dado del desarrollo del mundo actual. Aquí encontrarán no sólo una buena masa de datos y detalles ilustrativos bien expuestos, sino también los muchos e intensos debates entre las diferentes interpretaciones que se han dado de ese proceso -todo ello hecho desde una posición enunciada de forma clara por parte de la autora y que no deja lugar a engaños por parte del lector.

Por otra, a quienes son críticos del sistema económico capitalista. En línea con sus anteriores textos, McCloskey funge aquí como una ferviente, avezada, heroica y optimista (en estos tiempos tan aciagos económicamente) defensora del capitalismo -o de la "vida burguesa", como ella prefiere denominarla-. Aquellos que sientan que esa vida no es tan virtuosa como ella pretende y que la expansión de la economía capitalista acarrea tantas o más desgracias que beneficios, podrían sacar gran provecho de la lectura de este libro. Por un lado, para reconocer las debilidades de los datos y de las argumentaciones que son a menudo usadas para armar esa crítica. Por otro, para poder entender que el sistema económico no lo constituyen sólo productores, vendedores y compradores -contando a veces con la intromisión del Estado o las agencias económicas internacionales-, sino que en su base se encuentran también enrevesadas formas de articulación entre bienes, ideas, relaciones, personas, emociones, afectos y moralidades; si acaso se tratare de buscar algún sustituto al sistema capitalista, sin duda que este texto daría pistas para explorar qué elementos alternativos habría que tener en cuenta para poder conformar un armazón social de mucho mejor calibre y que tenga visos de poder hacerse realidad y perdurar.

1. McCloskey, formada como economista en Harvard, ha enseñado en la Universidad de Chicago y en la de Iowa; actualmente es profesora de economía, historia, inglés y comunicación en la Universidad de Illinois (Chicago) y de historia económica en la Universidad de Gotemburgo (Suecia). Entre sus innumerables textos están los libros The Cult of Statistical Significance: How the Standard Error Costs Us Jobs, Justice, and Lives (2008, en coautoría con Stephen Ziliak), The Secret Sins of Economics (2002), Knowledge and Persuasion in Economics (1994), If You're So Smart: The Narrative of Economic Expertise (1990), The Rhetoric of Economics (1985), The Applied Theory of Price (1982), Enterprise and Trade in Victorian Britain: Essays in Historical Economics (1981) o Economic Maturity and Entrepreneurial Decline: British Iron and Steel, 1870-1913 (1973). En 1999 publicó Crossing: A Memoir, un atrevido libro en el que relata su experiencia personal de cambio de género. Su página web es una excelente fuente donde, además de algunos de sus trabajos publicados, de las críticas recibidas y de las réplicas con las que ella ha respondido, pueden encontrarse borradores de sus próximos libros http://www.deirdremccloskey.com

2. Cuya versión castellana estaría preparando la editorial Fondo de Cultura Económica en México.

3. Buena parte de esas explicaciones descartadas como causas son reclasificadas por la autora como "condiciones de fondo" o "eventos incidentales" (véase los cuadros sintéticos de las págs. 407-409).

4. Atreviéndose incluso a formalizar un modelo del producto nacional (que desarrolla con cierto detalle pero que, de todas formas, estima perfectible): "Q = I (D, B, R) · F (K, sL)

En la que I es la función de Innovación, que depende de D, la dignidad otorgada a los innovadores, de B, la libertad de los innovadores (la letra L se necesita para el trabajo), y de R, la renta o producto de la innovación. La función de Innovación multiplica una función de producción neoclásica convencional, F, que depende del capital físico ordinario y la tierra, K, y del trabajo bruto, L, multiplicado por un coeficiente de educación y capacitación, s" (pág. 441).

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