Pasados y presentes de la violencia en Colombia

Jaramillo, Jefferson. Pasados y presentes de la violencia en Colombia. Estudios sobre las comisiones de investigación (1958-2011). Bogotá: Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2014, 280 pág.

El libro consiste en la presentación de tres comisiones de estudio sobre la violencia que marcaron una pauta durante las últimas décadas en Colombia. La primera, la llamada Comisión Nacional Investigadora de las Causas y Situaciones Presentes de la Violencia en el Territorio Nacional (nombre que vamos a simplificar como Comisión Investigadora) se puso en marcha durante el primer semestre del Frente Nacional, es decir, entre mayo de 1958 y enero de 1959; la segunda, la Comisión de los llamados violentólogos de los años 1986 y 1987, produjo el libro Colombia: violencia y democracia; y la tercera, el trabajo emprendido por el Centro de Memoria Histórica, creado en el año 2007, y que ha producido hasta el momento un poco más de 25 libros y un gran informe llamado Basta ya. Lo que tienen en común estas comisiones es que se trata de organismos gubernamentales. Como el autor mismo lo dice al comienzo del libro durante los últimos cincuenta años, o más, hubo otras comisiones pero escoge estas tres por ser las más paradigmáticas.

El estudio de estas comisiones se lleva a cabo con base en el problema de ver de qué manera se trata "tecnologías o artefactos institucionales de construcción de memorias históricas sobre lo ocurrido en Colombia desde los años 1940 hasta hoy". El libro se compromete ampliamente con lo que es el tema de la construcción de la memoria histórica en Colombia. El asunto es que el auge de los estudios sobre la memoria nos obliga entonces a pensar en otros términos una serie de cosas que anteriormente pensábamos de manera diferente, es decir, nos obliga en cierta forma a revisar y volver sobre cosas que aparentemente estaban suficientemente claras.

El libro está construido con base en un vasto trabajo empírico: una amplia revisión de prensa, más de 37 entrevistas y conversaciones informales, revisión de bibliografía primaria (libros comprometidos en el conflicto) y secundaria (textos analíticos) con respecto al tema de la violencia. Detrás de este libro hay, pues, un inmenso trabajo de campo que es importante comenzar por reconocer.

La presentación de las comisiones pasa por cuatro dimensiones de análisis que le sirven al autor para la presentación de cada una de ellas. En primer lugar, el marco político, es decir, la situación que se presenta en cada una de las comisiones. En segundo lugar, lo que él llama, en su propia jerga, "el clima operativo y posoperativo", que consiste en una descripción de la manera como se crean las comisiones, se escogen los comisionados, las funciones que se les delega, el tipo de trabajo realizado, la manera como construyen y divulgan los informes, los públicos a los que se dirige, los debates que suscita, entre muchos otros aspectos. En tercer lugar, las llamadas "tramas narrativas" que, palabras más palabras menos, consisten en el tipo de interpretación que cada una de estas comisiones produce con respecto a tres aspectos: como se representa el pasado, como se representa el presente y como se representa el futuro. Probablemente de allí proviene el nombre del libro Pasados y presentes de la violencia en Colombia. En cuarto lugar, los informes de cada una de estas comisiones, su resonancia y su impacto. La idea es que a través de estos informes se fija la memoria histórica del conflicto.

En términos sucintos, el marco político de la Comisión Investigadora tiene que ver con los comienzos del Frente Nacional en 1958. Esta comisión reproduce, según el autor, "el ideario de pacificación, de rehabilitación y de modernización social que embargaba a la nación en ese entonces" (p. 35). La segunda de los comisiones, la Comisión de los expertos de 1987, (o "comisión de los violentólogos" como la bautizó la revista Semana) tiene como trasfondo lo sucedido en Colombia durante los últimos años de la década de 1970 y comienzos de 1980, donde habría que resaltar lo que representó el gobierno de Turbay Ayala que había criminalizado al máximo la insurgencia y, posteriormente, el gobierno de Belisario Betancur que abrió las puertas de un proceso de paz y de reincorporación de los actores armados a la vida civil, cuyo único antecedente era la amnistía de Rojas Pinilla en 1953. El trabajo de esta comisión se lleva a cabo al inicio del gobierno de Virgilio Barco, con el antecedente importante de la toma del Palacio de Justicia en noviembre de 1985, que había dado al traste con las buenas intenciones de hacer la paz del gobierno de Belisario Betancur. Los miembros de esta comisión elaboraron su informe con base en lo que tenían a la mano y sobre esa base hicieron algunas recomendaciones, con un énfasis muy especial en el auge de las violencias urbanas que se daban en ese momento. Jaramillo plantea, de manera muy adecuada, todo el debate que se dio a los resultados del informe de esta comisión en los años siguientes, y pone de presente los aspectos que no fueron considerados por ella.

El marco político del trabajo del Centro de Memoria Histórica es la política de seguridad democrática del gobierno de álvaro Uribe con todas las características que conocemos (fortalecimiento militar del Estado, crisis de institucionalidad, disminución de los índices de violencia, entre otros aspectos), los acuerdos con los paramilitares, los proyectos de impunidad que se establecen con respecto a ellos, la Ley de justicia y paz, etc. La parte del texto relacionada con el marco político de las tres comisiones representa un esfuerzo por parte del autor de hacer una descripción muy exhaustiva de lo que sucede en cada una de las coyunturas. Hay muchas cosas valiosas en estas presentaciones, pero algunos aspectos de detalle podrían ser objeto de mayor discusión.

Con respecto al segundo punto, relacionado con la manera de operar de estas tres comisiones, debo decir que es la parte del libro que me parece hace los mejores aportes. Con respecto a la Comisión investigadora del año 1958 nos hace una excelente presentación de quiénes fueron sus miembros, cómo fueron nombrados, cómo trabajaron, cuáles fueron las visitas que hicieron a diferentes departamentos (Caldas, Quindío, Risaralda, Cauca, Tolima, Valle del Cauca y Santander), cómo fueron recibidos, cuáles fueron las actividades que desarrollaron: hacer micro pactos de paz, conversar con la gente, recoger una valiosa información, servir de intermediarios frente al gobierno central, hacer recomendaciones. Muestra igualmente las consecuencias que la Comisión tuvo en términos de políticas gubernamentales y muchos otros aspectos que no es del caso reseñar para no alargarme. Un trabajo similar lleva a cabo con respecto a la Comisión de expertos y al trabajo del Centro de Memoria Histórica. El lector que no esté dispuesto a leer el libro completo, le recomiendo de manera prioritaria seleccionar estos apartes, porque creo que es donde aparece un aporte duradero, novedoso y original. Se trata además de un trabajo que a nadie se le había ocurrido hacer hasta el momento. Con respecto a la Comisión investigadora, habría que decir que, antes del trabajo de Jaramillo, lo único que se encuentra en la bibliografía son referencias de carácter marginal. Es un tema que no había sido convertido en objeto importante de la investigación histórica.

Igualmente es valiosa la presentación que el autor lleva a cabo de los productos de estas comisiones, es decir, el cuarto problema que se plantea: el libro La Violencia en Colombia, publicado cuatro años después de clausurada la Comisión investigadora; el libro Colombia: violencia y democracia, resultado de la Comisión de expertos, al que hay que reconocerle, a pesar de las críticas que se le hacen, que puso sobre el tapete el problema de la heterogeneidad y la diversidad de las violencias que se venían dando en ese momento; y los primeros ocho informes del Centro de Memoria Histórica.

La parte del texto que plantea al lector una mayor discusión es la que tiene que ver con lo que el autor llama las "tramas narrativas". Como decía al principio, la finalidad del libro es tratar de mostrar de qué manera los informes de estas comisiones son "tecnologías o artefactos institucionales de construcción de memorias históricas". El gran reto consiste entonces en tratar de ver de qué manera los informes de estas comisiones son una especie de "vehículos de conformación de la memoria" para lo cual el autor apela a la noción de "tramas narrativas". Y en cada uno de los casos muestra de qué manera cada una de las comisiones ha puesto sobre el tapete una serie de representaciones sobre la memoria del período que analiza.

En el primer caso, con respecto a la Violencia de los años 1950, el autor nos habla de tres tramas narrativas, que tienen que ver con la manera como se lee el pasado, como se lee el presente y como se lee el futuro. La Comisión finalmente establece que la Violencia de los años 1950 no tuvo un comienzo claramente establecido; el presente aparece como una situación perturbada por una guerra que se trata de controlar a través de decretos; y el Frente Nacional es presentado como un nuevo comienzo para el país.

En el segundo caso, con respecto a los resultados de la Comisión de los expertos, el autor plantea que circulan tres imaginarios, por decirlo de alguna manera: el primero tiene que ver con una cultura de la violencia, el segundo con una cultura de la paz, y el tercero con la construcción de un "nuevo pacto social de nación". Todos sabemos que esta comisión estableció la idea de que el antídoto contra la violencia era la ampliación de la democracia. Y sabemos igualmente que la Constitución de 1991 amplió enormemente los espacios de participación política, así la terapia institucional no haya tenido efecto.

En el caso del trabajo del Centro de Memoria Histórica, el autor señala que las narrativas tienen que ver con tres "horizontes de sentido" como él mismo lo menciona. El primero es un horizonte simbólico, que tiene que ver con el nuevo Estado que surgió en el marco de la política de seguridad democrática del presidente álvaro Uribe, y que llevó el terrorismo al primer plano como característica básica de la situación colombiana, dejando de lado el problema del conflicto. El segundo es llamado un "horizonte ético operativo" y tiene que ver con la actividad del Centro de Memoria Histórica, que propone una comprensión de la guerra distinta a la propuesta por la política de seguridad democrática e, incluso, a la propuesta por la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación y por la Ley de Justicia y Paz. El tercero es un horizonte contestatario, representado por organizaciones de víctimas que han problematizado la versión del conflicto armado colombiano contemporáneo desde sus inicios alrededor del año 1964, momento de la fundación de las FARC y el ELN, y han puesto de presente la significación de las víctimas. Cada uno de estos tres grupos, o de estas tres instancias propone una versión del conflicto que es precisamente lo que está en juego en la situación contemporánea, según el autor.

Creo que esta parte del libro, que representa el corazón de su planteamiento, es la que merece más discusión. Y por ese motivo quisiera entonces terminar con una pregunta sobre la legitimidad de tomar las comisiones de estudio o tratamiento de la violencia como "vehículos de la memoria". Esta idea es sugerente, pero creo que merece más desarrollo. Es importante establecer una diferenciación nítida entre lo que significa la historia y lo que significa la memoria. La historia (o mejor aún la historiografía) es lo que hacen los historiadores o los sociólogos; pero la memoria es un hecho social de carácter colectivo. Y desde este punto de vista las tres comisiones se inscriben de manera diferente en este proceso: la primera es una comisión si se quiere de carácter político, orientada a realizar una actividad práctica, como es el hecho de contribuir a la pacificación. Esta Comisión tuvo como resultado inesperado la publicación del libro La Violencia en Colombia que se mueve a mitad de camino entre la academia y la denuncia política. La segunda comisión es un grupo de académicos casi en su totalidad, que produce un informe con base en las investigaciones que sus miembros habían realizado individualmente. La tercera comisión, o sea el Grupo de Memoria Histórica, es una entidad bastante híbrida donde aspectos políticos y aspectos académicos se entretejen y, por consiguiente, los resultados pertenecen, al mismo tiempo, a ambos mundos. Aquí es donde el asunto no queda suficientemente claro y por eso la pregunta que queda pendiente es la siguiente: ¿por qué, cómo, en qué forma estas comisiones de investigación pueden ser consideradas como vehículos de la memoria? La persistencia de esta inquietud no le quita méritos al libro, que constituye un aporte novedoso y original al estudio del conflicto colombiano y las formas de construcción de la memoria.

Alberto Valencia Gutiérrez
Profesor e investigador de la Universidad del Valle, Cali-Colombia
alberto.valencia@correounivalle.edu.co