El modo de producción capitalista, su actual crisis sistémica y una alternativa posible

The Capitalist Mode of Production, Their Current Systemic Crisis and a Possible Alternative

O modo de produção capitalista, sua crise sistémica atual e uma alternativa possível

Julián Sabogal Tamayo1
Profesor Universidad de Nariño, Pasto-Colombia
sabogaleconomia@gmail.com

Recibido: 27.06.14
Aprobado: 21.10.14

1 Economista. Maestría en Administración de empresas.


Resumen

En este artículo me propongo dilucidar el carácter sistémico de la actual crisis capitalista mundial y explicar cada uno de sus principales componentes: empobrecimiento de los trabajadores, problema ambiental y crisis de valores. Se mostrará el carácter destructivo de la producción capitalista, tanto sobre la clase obrera como sobre la naturaleza, el que se agudiza especialmente en momentos de crisis. Se argumenta que ese carácter está unido a sus contradicciones esenciales, por lo cual sus problemas fundamentales no tienen solución dentro del sistema. Las alternativas de solución, más allá del capital, suponen el carácter histórico de este, por lo cual metodológicamente se debe comprender el capital como una relación social. El método utilizado en estas reflexiones se basa en el pensamiento de Marx.

Palabras clave: Modo de Producción, Capital, Crisis Sistémica, Explotación, Problema Ambiental.


Abstract

In this article, I intend to explain the systemic character of the current world capitalist crisis and illustrate its main components: the workers' impoverishment, environmental problem and crisis of values. The destructive nature of the capitalist production against the labor class will be shown, as well as its destructive power on nature -one that becomes worse especially in moments of crisis. There is an argument about its nature and how such nature is linked to its fundamental contradictions, and also why their fundamental problems don't have a solution inside the capitalist system. The solution alternatives, beyond the capital, suppose the historical nature of this. This is why methodologically the capital should be understood as a social relationship. The method used in these reflections is based on Marx's thought.

Keywords: Mode of Production, Capital, Systemic Crisis, Exploitation, Environmental Problem, Values.


Resumo

Nesse artigo me proponho dilucidar o caráter sistémico da atual crise capitalista mundial, explicando cada um dos seus principais componentes: empobrecimento dos trabalhadores, o problema ambiental e a crise de valores. Evidenciar-se-á o caráter destrutivo da produção capitalista, não só sobre a classe trabalhadora mas também sobre a natureza, se agudizando em momentos de crises. Sustenta-se que esse caráter está atrelado às suas contradições essenciais, razão pela qual seus problemas fundamentais não têm solução dentro do sistema. As alternativas de solução, além do capital, supõem o seu sentido histórico, que metodologicamente exige uma compreensão desse capital como uma relação social. Para tanto, este artigo baseia-se no pensamento de Marx.

Palavras-chave: Modo de Produção, Capital, Crise Sistémica, Exploração, Problema Ambiental, Valores.


Introducción

El contenido de este artículo corresponde con la línea de Pensamiento alternativo, dentro del grupo de investigación EDUMULTIVERSO. El enfoque teórico de este trabajo se fundamenta en el pensamiento de Carlos Marx. El tema es la actual crisis sistémica del mundo capitalista. Esta se diferencia de las tradicionales crisis cíclicas que tenían que ver exclusivamente con la economía, con la superproducción y la consiguiente baja en la tasa de ganancia. Hoy las cosas son distintas, porque no se trata, como suele mostrarse en las apariencias, de una simple crisis financiera. Es una crisis mucho más compleja, por lo cual se ha dado en denominar crisis civilizatoria. Una filósofa latinoamericana la define en los siguientes términos:

Se trata de un agotamiento civilizatorio integral y multidimensional: de un modo de producción, reproducción, distribución (intercambio), apropiación y acumulación económica, cultural, social y política que se ha desarrollado a tal punto que hoy evidencia descarnadamente la irracionalidad creciente contenida en su inicial racionalidad, irracionalidad que se expresa nítidamente en su irrefrenable destructibilidad de vida, un modo de no-vida que cínicamente pretenden sostener y defender, disfrazándolo como un estado "natural" y, por tanto, "irremediable" de la humanidad (Rauber 2011, 27).

En la complejidad de la crisis encontramos, además de los factores propios de las crisis económicas, al menos, los siguientes componentes: un inusitado incremento de la desigualdad en la distribución de la riqueza y el ingreso; la destrucción de las condiciones en el planeta adecuadas a la existencia de la vida, particularmente de la humana, lo que se conoce como el problema ambiental, y la crisis de valores, incluidos los propios del sistema capitalista.

Es propio del modo de producción existente, que es el capitalista, la destrucción de riqueza tanto humana como natural, como resultado de sus contradicciones internas. El motor que mueve todas las acciones productivas del sistema es el crecimiento de la cuota de plusvalía; este crecimiento solo puede tener lugar con una mayor explotación de la clase obrera, a la vez que aumenta la producción. El crecimiento de la producción ad infinitum, simultáneamente con el consumo de materias primas, entra en pugna con la finitud del planeta; pugna que se agudiza en los momentos de crisis. Carlos Marx resumió esta doble destrucción de riqueza de la siguiente manera: …la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre (Marx 1976, tomo I, 424-425).

Puesto que la contradicción entre el capital y el trabajo y, en consecuencia, la contradicción entre el capital y la naturaleza no tienen solución al interior del sistema, es indispensable buscar alternativas más allá del propio capital. La solución radical ya la dijo Marx, y consiste en la eliminación de la relación de explotación del trabajo ajeno. En este trabajo la presentaremos a un nivel más alto de concreción, como el cambio de la racionalidad de la ganancia por una racionalidad para la vida.

La búsqueda de alternativas más allá del sistema imperante, implica suponer el carácter histórico de este. Esto implica, a su vez, comprender el capital como una relación social, no como un objeto. Marx se refiere a este aspecto metodológico fundamental en distintos momentos, a lo largo de su obra; veamos cómo lo plantea en la siguiente cita:

El capital no es una cosa material, sino una determinada relación social de producción, correspondiente a una determinada formación histórica de la sociedad, que toma cuerpo en una cosa material y le infunde un carácter social específico. El capital no es la suma de los medios de producción materiales y producidos. Es el conjunto de los medios de producción convertidos en capital y que de suyo tienen tan poco de capital como el oro y la plata, como tales, de dinero. Es el conjunto de los medios de producción monopolizados por una determinada parte de la sociedad, los productos y condiciones de ejercicio de la fuerza de trabajo sustantivados frente a la fuerza de trabajo vivo y a la que este antagonismo personifica como capital (Marx 1976, tomo III, 754).

1. Características del modo de producción capitalista

Este modo de producción, que ha dominado la producción económica en los últimos cinco siglos y que ha terminado por convertirse en un Sistema Mundo, tiene sus contradicciones y sus leyes históricas propias. La contradicción fundamental, la que se sitúa en la esencia misma del modo de producción, es la establecida entre el trabajo vivo y el trabajo materializado. Marx plantea esta contradicción en los siguientes términos:

Lo único diferente al trabajo objetivado es el no objetivado, que aún se está objetivando, el trabajo como subjetividad. O, también, el trabajo objetivado, es decir, como trabajo existente en el espacio, se puede contraponer en cuanto trabajo pasado al existente en el tiempo. Por cuanto debe existir como algo temporal, como algo vivo, solo puede existir como sujeto vivo, en el que existe como facultad, como posibilidad, por ende como trabajador. El único valor de uso, pues, que puede constituir un término opuesto al capital, es el trabajo (y precisamente el trabajo que crea valor, o sea el productivo) (Marx 1978, tomo I, 213).

El punto de partida del análisis de Marx en el capital es el trabajo; no el trabajo en general sino la actividad viva de un sujeto humano: el proletario. Este es el único sujeto que, con su actividad consciente, crea valor, pero él no es poseedor del valor que crea, porque su trabajo es enajenado. La enajenación consiste en que el trabajo se materializa en valores de uso con la ayuda de medios de producción ajenos -e incluso la fuerza de trabajo del proletario, en el tiempo de trabajo ya ha sido enajenada- por lo cual el producto es ajeno, pertenece a la contraparte, al capitalista. En los marcos del modo de producción capitalista, el capital es todo y el trabajo es nada, puesto que el trabajo no se hace real hasta tanto el capital no lo solicita, no lo pone en movimiento, ya que la actividad sin objeto no es nada (Marx 1978, tomo I, 207); como dice el filósofo latinoamericano Enrique Dussel (1985), el trabajo es "lo otro".

El trabajo del proletario no solamente se materializa en valores ajenos, sino en un valor incrementado, en plusvalía, la cual obviamente pertenece al capitalista. La fuerza de trabajo del proletario -su capacidad para trabajar: sus músculos, sus nervios, su mente, etc.- es una mercancía que, como todas las mercancías, se vende por su valor. El uso de esta mercancía es el trabajo mismo, creador de valor, y el valor que crea es mayor que el valor que la fuerza de trabajo tiene, esa diferencia se llama plusvalía. Si hacemos abstracción de los medios de producción, lo que no afecta el resultado de lo que nos proponemos mostrar, el producto del trabajo se divide en dos componentes. Una parte que crea un valor equivalente al de la fuerza de trabajo, que Marx llama trabajo necesario, y otra parte que crea un plusvalor o plusvalía, que Marx denomina trabajo excedente.

Los efectos del desenvolvimiento de la contradicción arriba mencionada es destructor de vida humana en un doble sentido; de un lado, en forma directa porque cuanto menos medios de vida reciba el proletario por la venta de su fuerza de trabajo mayor será la plusvalía, que es, en última instancia, el objetivo del capitalista; a más hambre en un extremo, más plusvalía en el otro. Y, de otro lado, en forma indirecta porque la producción capitalista es destructora de las condiciones del planeta adecuadas para la vida, particularmente la vida humana.

2. Destrucción de la vida humana

Son varios los mecanismos propios del funcionamiento del capital que tienden a destruir la vida humana. En la esencia misma del sistema, en la relación del capital y el trabajo, el ser humano trabajador es desestructurado en su integridad. Es propio del ser humano en su actividad consciente involucrar su multidimensionalidad, no solo las manos y los músculos sino la mente, el humano productor construye el producto en el pensamiento antes de materializarlo con el trabajo. Pero la división del trabajo propia de la Revolución Industrial separa la creación de la la imagen ideal en unas personas y la producción del objeto físico en otras. Además de que los medios de producción y el producto le son ajenos al productor, también la creación mental del objeto a producir le es ajena al obrero, de este solo se requiere la fuerza física.

La técnica contra el obrero. Todo avance de la técnica empeora las condiciones del proletario. La invención de la máquina, en la Revolución Industrial, es como la creación de un ser superior que se levanta por encima del obrero. Es el mecanismo muerto el que determina la acción que debe ejecutar el ser humano. Al respecto dice Marx, citando a Engels:

En la fábrica, existe por encima de ellos un mecanismo muerto, al que se les incorpora como apéndices vivos. "Esa triste rutina de una tortura inacabable de trabajo, en la que se repite continuamente el mismo proceso mecánico, es como el tormento de Sísifo; la carga del trabajo rueda constantemente sobre el obrero agotado, como la roca de la fábula" (Marx 1976, tomo I, 349).

Además, el perfeccionamiento de la técnica es causa de aumento en plusvalía relativa. La razón es que a mayor productividad del trabajo, causada por la técnica, disminuye el valor de la fuerza de trabajo, debido a los menores valores de los medios de vida del obrero, lo cual, unido a la permanencia de la duración de la jornada de trabajo, lleva a una creación de mayor valor por el trabajo y, por lo tanto, a que la plusvalía se lleve una proporción mayor de ese valor respecto al valor que corresponde al trabajador, en otras palabras, al crecimiento continuo de la cuota de plusvalía. En la expresión concreta de este fenómeno el crecimiento de la ganancia es proporcionalmente mayor que el crecimiento del salario real. En la práctica cotidiana, tanto la duración de la jornada de trabajo como el monto del salario nominal son el resultado de negociación entre obreros y capitalistas. Marx dice, hablando de los límites de la jornada de trabajo, lo siguiente: nos encontramos, pues, ante una antinomia, ante dos derechos encontrados, sancionados y acuñados ambos por la ley que rige el cambio de mercancías. Entre derechos iguales y contrarios, decide la fuerza (Marx 1976, tomo 1, 180). Los derechos encontrados son, de una parte, el derecho del capitalista a obtener del obrero la mayor cantidad de trabajo posible y, de otra, el derecho del obrero a tener la mayor cantidad posible de tiempo libre. Obviamente, la capacidad de negociación del capitalista es mayor que la del obrero, por lo cual los medios de vida de este crecen muy lentamente y el tiempo que está obligado a trabajar diariamente también disminuye, con mayor lentitud aún.

Igualmente, los avances de la técnica, además de que aumenta la explotación del obrero que está ocupado -incrementa la cuota de plusvalía-, hace también que el número de brazos requeridos para la producción sea relativamente cada vez menor y por ello tiende a permanecer e incluso a incrementar la clase obrera sobrante: el desempleo. El desempleo es un problema cuya solución no es posible en los marcos del modo de producción capitalista y menos cantidad relativa de obreros ocupados será menor cantidad de medios de vida disponibles para la clase obrera y, por ende, menor esperanza de vida, en términos relativos. La única solución posible al problema del desempleo sería que cada trabajador laborara menos tiempo cada día -que disminuyera la jornada- lo cual es un imposible práctico.

Desde el punto de vista histórico el empeoramiento de las condiciones de vida del obrero, en todo sentido, en vez de mejorar tiende a empeorar. En las últimas décadas, el avance de las técnicas de la informática y las comunicaciones ha llevado a la deslocalización de las empresas, lo que ha permitido que los talleres de las fábricas se sitúen en los países donde la fuerza de trabajo sea más barata y la legislación laboral más flexible, de tal manera que las condiciones de los obreros tienden a empeorar. La dispersión de la producción imposibilita la organización sindical y la defensa de los intereses de los trabajadores y las trabajadoras. Sobre este fenómeno de deslocalización de las empresas, es ilustrativo el siguiente ejemplo dado por el economista norteamericano Jeffrey Sachs:

Esta empresa tiene un acuerdo singular con un hospital de Chicago, en el cual, al concluir cada día de trabajo, los médicos dictan los informes clínicos y los envían vía satélite, en forma de archivos de voz, a la India. Como entre uno y otro lugar hay una diferencia de diez horas y media, el final de cada día de trabajo en Chicago es el inicio de otro en Chennai. Cuando se reciben los archivos de voz, decenas de mujeres jóvenes que han seguido un curso especial de transcripción de datos médicos se sientan con los auriculares puestos ante pantallas de ordenador y teclean a toda velocidad introduciendo los informes clínicos de pacientes que se encuentran a unos quince mil kilómetros de distancia… Según su nivel de experiencia, ganan aproximadamente entre 250 y 500 dólares mensuales, es decir, entre una décima y una tercera parte de lo que podría ganar un transcriptor de datos médicos en Estados Unidos (Sachs 2005, 44-45).

Obviamente, Sachs trae el anterior ejemplo para mostrar la bondad del sistema, con el argumento de que es la única oportunidad de estas trabajadoras indias de encontrar empleo. Pero en la lógica de lo que estoy argumentando es un ejemplo de explotación de obreras indias, que no tienen acceso a las conquistas de la lucha histórica de la clase obrera en materia de jornada de trabajo, de estabilidad, de prestaciones sociales, etc. Es claro que la deslocalización de la empresa priva a los proletarios de la posibilidad de organizarse para paliar la explotación de su trabajo. De nuevo la técnica actúa en contra de los obreros.

3. Desigualdad en la distribución de la riqueza y del ingreso

La desigualdad entre las clases sociales es propia del sistema capitalista. En la visión de Marx:

…a medida que se acumula el capital, tiene necesariamente que empeorar la situación del obrero, cualquiera que sea su retribución, ya sea ésta alta o baja. Finalmente, la ley que mantiene siempre la superpoblación relativa o ejército industrial de reserva en equilibrio con el volumen y la intensidad de la acumulación mantiene al obrero encadenado al capital con grilletes más firmes que las cuñas de Vulcano con que Prometeo fue clavado a la roca. Esta ley determina una acumulación de miseria equivalente a la acumulación de capital (Marx 1976, tomo l, 547).

Pero la teoría burguesa, cuando ha reconocido la existencia del problema, ha concluido que el mismo puede ser resuelto en los marcos del propio sistema. La competencia libre termina por distribuir equitativamente la riqueza y el ingreso. Uno de los economistas neoclásicos que se preocupó por este problema fue Alfred Marshall. Una biógrafa afirma que en su investigación, Marshall descubrió que:

La función económica de la empresa en un mercado competitivo no es solo, ni siquiera principalmente, generar beneficios para los propietarios, sino generar un buen nivel de vida para consumidores y trajadores… Al cabo del tiempo, la continua búsqueda de formas de mejorar las ganancias y economizar permitía ofrecer más con los mismos recursos o incluso menos. Considerando los cientos o miles de empresas del conjunto de la economía, había que concluir que la acumulación de mejoras graduales a lo largo del tiempo había llevado a un aumento de la productividad y del salario medio. Es decir, la competencia obligaba a las empresas a elevar la productividad para seguir siendo rentables, y obligaba a los empresarios a compartir los frutos de sus esfuerzos con gerentes y empleados, en forma de pagas más elevadas… (Nasar 2012, 107).

El tema de la desigualdad había sido olvidado, sobre todo a partir de las ideas de Simon Kuznets, según las cuales la desigualdad es temporal porque el mismo desarrollo llevará en algún momento a revertir la tendencia y tender de nuevo a la igualdad. La historia indudablemente no dio la razón ni a Marshall ni a Kusnets y en los últimos años el asunto volvió a ser tema de análisis. Según Moisés Naím:

Denunciar que el 1 % de la población es muy rica mientras que el 99 % de la gente vive de forma cada vez más precaria se ha vuelto una consigna mundial. En el 2012, el número de artículos académicos sobre la desigualdad económica aumentó un 25 % respecto al 2011 (y un 237 % en relación con el 2004 (Naím 2014).

La ONU se interesó en el asunto y el PNUD llevó a cabo un estudio que publicó a finales de 2013, titulado Humanity Divided: Confronting Inequality in Developing Countries, donde informa que el 8% más rico del mundo recibe la mitad del ingreso mundial, mientras que el otro 92% recibe la otra mitad. En cuanto a la riqueza, el uno por ciento de la población es propietario del 40% de la riqueza, mientras a la otra mitad de los propietarios les corresponde solo el uno por ciento (UNDP 2013). En 2012 el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz publicó un libro titulado El precio de la desigualdad. El 1% de la población tiene lo que el 99% necesita; otro Premio Nobel, Paul Krugman, ha venido insistiendo en el tema en sus columnas del New York Times (NYT). Y, finalmente, apareció el libro de Tomas Piketty, editado inicialmente en francés, traducido luego al inglés con el título de Capital in the Twenty-First Century y publicado por la Universidad de Harvard. Este libro ha recibido una avalancha de elogios de varios sectores y en varios países del mundo; son particularmente los artículos de Krugman en el NYT los que convierten el libro en un best seller, tal como su artículo Wealth Over Work de marzo 23 de 2014, donde dice que the magnum opus of the French economist Thomas Piketty, will be the most important economics book of the year -and maybe of the decade (Piketty 2014).

Una de las virtudes fundamentales del libro de Piketty es el enorme volumen de estadísticas en el que se basa, para demostrar la persistencia de la desigualdad en el capitalismo. El punto de partida del análisis, como se plantea en la Introducción, es la pregunta sobre si la desigualdad es propia del sistema, como pensaba Marx en el siglo XIX, o la competencia resuelve el problema de la desigualdad, como planteaba Kuznets en el siglo XX. Dice el autor:

Pasamos de los análisis del siglo diecinueve de Ricardo y Marx a los análisis del siglo veinte de Simon Kuznets, podríamos decir que los economistas pasaron de la duda y las predicciones apocalípticas a la atracción por los cuentos de hadas o cualquier tipo de final feliz2 (Piketty 2014, 11).

La idea de Marx al respecto ya ha sido planteada más arriba. Kuznets, por su parte, formuló la conocida curva que lleva su nombre, la cual muestra que el desarrollo económico lleva primero a la desigualdad pero luego, automáticamente, el mismo desarrollo tiende a una igualdad cada vez mayor (Kuznets 1955). A su vez, las estadísticas de Piketty (2014), que se pueden ver en la Tabla 1, muestran lo siguiente:

La información consignada en la Tabla 1 le daría la razón a Marx. A medida que se desarrolla el capitalismo, se incrementa la desigualdad, no en una pendiente lineal homogénea sino en general en el largo plazo, y se espera que la desigualdad en el país más desarrollado tienda a crecer en el futuro; si el Gini de Estados Unidos es de 0,49 en 2010, será de 0,58 en 2030.

Al comparar la desigual entre Estados Unidos con Europa, como lo presenta Piketty en el gráfico 9,8, en la página 324, se comprueba que la desigualdad estadounidense fue menor que la europea hasta mediados de la década 1910-1920, coincidente con la Primera Guerra Mundial. Luego la desigualdad norteamericana se sitúa por encima de la europea. En la época de las dos guerras, la desigualdad desciende en las dos economías aquí analizadas -según Piketty es el periodo analizado por Kuznets y de donde concluye en su curva- y a partir de 1970 viene un crecimiento de la desigualdad en ambas partes del mundo, pero con enorme ventaja en la desigualdad para Estados Unidos. Piketty concluye que la razón fundamental del aumento en la desigualdad obedece a que el crecimiento de la ganancia del capital y, por tanto de la acumulación de capital, es siempre mayor que el ingreso en general. Estas son sus palabras:

La principal fuerza desestabilizadora se relaciona con el hecho de que la tasa de ganancia del capital, r, puede ser significativamente más alta, por largos periodos de tiempo, que la tasa de crecimiento de los ingresos y de la producción, g.

La desigualdad r > g implica que la riqueza acumulada en el pasado crece más rápidamente que la producción y los salarios. Esta desigualdad expresa una contradicción lógica fundamental. El empresario tiende irremediablemente a convertirse en rentista y será más y más dominante sobre aquellos que no poseen nada más que su trabajo. Una vez constituido, el capital se reproduce más rápido que el crecimiento de la producción. El pasado devora el futuro (Piketty 2014, 571).

¿Qué solución encuentra Piketty para el problema de la desigualdad? Él cree que la solución está en el control del capital por parte de la población; estas son sus palabras:

En términos generales, pienso que es fundamental insistir en que uno de los asuntos más importantes en los próximos años será el desarrollo de las nuevas formas de propiedad y del control democrático del capital. La línea divisoria entre capital público y capital particular no es tan significativamente clara, como algunos han creído, después del otoño del Muro de Berlín…

La idea esencial es que las distintas formas de control democrático del capital dependen en gran medida de la disponibilidad de información económica en todos los aspectos. La transparencia económica y financiera es importante no solo con fines tributarios sino por muchas otras razones (Piketty 2014, 569).

Thomas Piketty cree posible, a diferencia de Marx, que el problema de la desigualdad en la distribución de la propiedad y, por ende, de la riqueza y los ingresos tiene solución en los marcos del sistema capitalista. Bastaría para ello la ampliación de la propiedad pública y el control democrático del capital. Marx, en cambio, creía que la producción capitalista es cada vez más social, más interdependiente, mientras la apropiación continúa siendo privada, lo cual es expresión de una contradicción insoluble en los marcos del sistema capitalista. La única solución posible, nos dice el pensador alemán, es la socialización de la apropiación. Esta es la propuesta de Marx, para solucionar la mencionada contradicción:

El sistema de apropiación capitalista que brota del régimen capitalista de producción, y por tanto la propiedad privada capitalista, es la primera negación de la propiedad privada individual, basada en el propio trabajo. Pero la producción capitalista engendra, con la fuerza inexorable de un proceso natural, su propia negación. Es la negación de la negación. Esta no restaura la propiedad privada ya destruida, sino una propiedad individual que recoge los progresos de la era capitalista: una propiedad .individual basada en la cooperación y en la posesión colectiva de la tierra y de los medios de producción producidos por el propio trabajo (Marx 1976, tomo 1, 646).

La única solución posible sería aquella en que la fuerza de trabajo pierda su condición de mercancía y, en consecuencia, que el trabajo de quien produce no esté alienado y que, por lo tanto, él sea propietario del producto.

La evidencia indica que el problema de la desigualdad no ha sido resuelto por el sistema capitalista y seguramente no encontrará solución en los mismos marcos hacia el futuro. Lo que sí es innegable es que los perdedores en la desigualdad tienen una situación precaria y que su esperanza de vida es inferior a lo que los progresos de la ciencia y de la técnica les permitiría en condiciones de equidad.

4. Relación de la producción con la naturaleza

Independientemente de la forma como se quiera definir el sistema económico, este es un subsistema del ecosistema global, es decir, del planeta. Pero el sistema capitalista, cuyo propósito fundamental es el mayor incremento de la cuota de plusvalía, para lo cual requiere del crecimiento económico ilimitado, choca irremediablemente con el carácter limitado del planeta. Por ello el proceso económico tiende a destruir las condiciones ambientales adecuadas para la vida, particularmente de la vida humana; de allí que la crisis ambiental sea otro de los componentes de la crisis actual. Jorge Riechmann, en entrevista hecha por Salvador López, insiste en lo siguiente:

Lo que está en crisis es nuestra civilización, o sea, la forma de producir, consumir y vivir que el capitalismo industrialista ha configurado durante varios siglos; lo temporal y transitorio es precisamente la crisis financiera y económica y de ella se va a salir, efectivamente, con reformas más o menos profundas del sistema; pero, dado el carácter expansivo de este tipo de civilización, las reformas en el sistema financiero y económico propugnadas desde arriba y con una orientación neoliberal no paliarán sino que acentuarán la otra crisis, la ecológica o medioambiental. Puesto que esta civilización capitalista e industrialista es expansiva y no tiene sentido del límite, la crisis ecológica o medioambiental se agudizará… (Riechmann 2012, 177-178).

El sistema actual está imposibilitado para comprender este problema, entre otras cosas porque el pensamiento neoclásico, que es la ortodoxia del actual sistema, no incluye en su objeto de estudio las relaciones de la producción con la naturaleza; esta ciencia se limita al mercado como único espacio de la economía. Los neoclásicos esperan que la ley de la oferta y la demanda regule el consumo, pero cuando hablamos de los recursos naturales y su relación con las generaciones futuras el mercado no tiene nada que decir. Los precios no pueden dar razón del consumo de las generaciones futuras por la sencilla razón de que ellas no están aquí para demandar. Además, los precios solo obedecen a la lógica del dinero, por lo cual lo que no se compra es como si no tuviera valor. Por eso la naturaleza es gratuita y, en consecuencia, no merece ningún cuidado. Además se confunde gratuidad con infinitud, lo cual es falso. Por ejemplo, el oxígeno no se compra con dinero, pero su existencia no es infinita, si agotamos su fuente que son las plantas y disminuimos su porcentaje en el aire, cargando este de otras sustancias, puede llegar a ser insuficiente para la respiración de los seres aeróbicos, incluido el ser humano.

La enseñanza de la Economía ha olvidado la herencia teórica de los clásicos según la cual, como dijera el economista inglés del siglo XVII, William Petty, la naturaleza es la madre de la riqueza y el trabajo es el padre (Marx 1976, tomo I, 10). Esta idea fue mantenida hasta Marx: La naturaleza es la fuente de los valores de uso (¡que son los que verdaderamente integran la riqueza materia!), ni más ni menos que el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, de la fuerza de trabajo del hombre (Marx 1969, 336).

La racionalidad del precio y la ganancia no puede dar cuenta sobre el uso racional de la naturaleza. El comercio exterior, por ejemplo, multiplica el consumo de combustibles fósiles agotando el stock de estos e incrementando la contaminación del aire. Por ejemplo, en Colombia se puede producir maíz, incluso la civilización muisca fue una civilización del maíz, pero hoy el país importa el 75% del maíz que consume, lo cual seguramente deja ganancia a los comerciantes, pero en términos físicos la cantidad de naturaleza -materia y energía- que se debe invertir para producir una tonelada de maíz en Estados Unidos y transportarla a Colombia, es mucho mayor que la cantidad que se invertiría para producirla en este país; además de la cantidad de contaminación que implica el consumo de combustibles fósiles en el proceso de transporte. Es decir, la racionalidad monetaria aconseja producir el maíz en el norte y consumirlo en el sur, mientras que la defensa de la naturaleza aconseja producir en el sur lo que se consume en el sur y producir en el norte lo que allí se consume.

Salir de la crisis ambiental requiere pasar a una nueva racionalidad. El mercado no puede dar cuenta del traslado de materia y energía de un espacio a otro, del campo a la ciudad y de los países periféricos a los centrales. Veamos los datos que sobre este particular nos aporta Martínez Alier:

EE.UU. importa la mitad del petróleo que consume. La UE importa casi cuatro veces más toneladas de materiales (incluidos energéticos) que las que exporta, mientras la América Latina exporta 6 veces más toneladas de materiales (incluidos energéticos) que las que importa… El resultado a nivel global es que la frontera del petróleo y gas, la frontera del aluminio, la frontera del cobre, las fronteras del eucalipto y de la palma de aceite, la frontera del camarón, la frontera del oro, la frontera de la soja transgénica… avanzan hacia nuevos territorios. Esto crea impactos que no son resueltos por políticas económicas o cambios en la tecnología, y por tanto caen desproporcionadamente sobre algunos grupos sociales que muchas veces protestan y resisten (aunque tales grupos no suelen llamarse ecologistas) (Martínez 2010, 34).

Es bueno insistir en el hecho de que la crisis ecológica es un fenómeno histórico propio del sistema capitalista, causado por su racionalidad. Antes de la revolución industrial, la alimentación humana se basaba fundamentalmente en productos agrícolas "fabricados" por la fotosíntesis y el transporte se llevaba a cabo en animales que, a su vez, se alimentaban con productos igualmente de la fotosíntesis. Esto cambió con la revolución industrial, que es una etapa histórica propia del sistema capitalista. Gran industria y capital son dos conceptos inseparables. La fábrica, en este sentido histórico, no existe más que en el sistema del capital. Al respecto nos dice el economista ecológico Manuel Naredo:

Hasta el advenimiento de la "revolución industrial" la especie humana, al igual que las otras especies de la biosfera, vivió utilizando los recursos "bióticos" que le brindaban la fotosíntesis y los demás materiales de su entorno próximo. Este proceder habrá asegurado su sostenibilidad o viabilidad a largo plazo al articular su abastecimiento sobre el mismo modelo de la biosfera (Naredo 2006, 47).

La crisis ambiental tiene aspectos generales suficientemente conocidos, como el calentamiento global y la disminución del porcentaje de oxígeno en el aire. Pero hay otros aspectos menos conocidos como el relacionado directamente con la alimentación humana. Este componente de la crisis es resumido por Rubén Darío Utria en los siguientes términos:

En el plano de los alimentos la crisis adquiere expresión en tres campos de la mayor trascendencia para la salud de la población y la preservación de la vida misma. En el primero, la contaminación química derivada del uso intenso, exagerado y sin adecuado control sanitario de peligrosos agroquímicos -herbicidas, insecticidas abonos y nutrientes- destinados a elevar la productividad y la tasa de ganancia, cuya toxicidad viene generando serios trastornos de salud a la población. En el segundo, la alteración físico-química de los productos alimenticios para aumentar fraudulentamente su peso (hidratación, mareo y otros trucos), ampliar el plazo de conservación (preservantes), darles presentación atractiva (colorantes) y otrosí acelerar el proceso de cría, alimentación y crecimiento (alteración de la noción de tiempo de ingesta) y desarrollo biológico (hormonado), y otros procedimientos afines para aumentar la productividad y la tasa de ganancia. En el tercero, la transgenización o manipulación genética de las semillas y especies vegetales y animales con el fin de obtener el mayor rendimiento económico en los productos alimenticios, cuyos efectos secundarios en el organismo y la salud humanas no se encuentran satisfactoriamente estudiados, y sobre los cuales existen permanentes alarmas y denuncias de científicos y promotores de la salud (Utria 2011, 133).

Lo que estamos planteando no significa que el avance de la tecnología en los procesos productivos sea negativo per se; todo depende de las relaciones de producción en cuyo marco tenga lugar. Todo avance técnico tiene el aspecto positivo de que contribuye al incremento cuantitativo de las fuerzas productivas y mejora su eficiencia, expresada en mayor productividad del trabajo. Pero las mejoras tecnológicas no tienen efectos neutros en relación con la sociedad. En las condiciones de relaciones de tipo capitalista, además de los efectos positivos anotados, la tecnología tiene un doble efecto negativo, contra la naturaleza y contra el ser humano. En la racionalidad del capital, el incremento de la técnica tiene el propósito -como ya dijimos- de incrementar la cuota de plusvalía relativa y como el crecimiento de la plusvalía no tiene límite, la producción tampoco lo tiene. De esta manera el aumento de la técnica sin ningún límite se convierte en destructora de la condiciones de vida en el planeta. Distinta sería una racionalidad diferente, en la cual se tenga como fin de la producción la satisfacción de las necesidades de la población, estas sí limitadas. En estas condiciones la técnica tendría como propósito la disminución del esfuerzo humano en la obtención de los valores de uso y la eficacia en el consumo de recursos naturales, con lo cual se mejorarían las relaciones de los humanos, en el proceso productivo, con la naturaleza.

5. La pérdida de valores

Con la pérdida de valores me refiero a los valores propios del sistema porque, como nos plantea el filósofo latinoamericano Enrique Dussel, el sistema capitalista en sí mismo es antiético. Estas son sus palabras:

El producto porta parte del ser del hombre -como si fuera un miembro objetivado y autonomizado de su vida. Esto es esencial para comprender dos cuestiones: el sentido ético del robo del producto (se roba vida humana), y la acumulación del valor del producto en el capital como acumulación de vida humana, (es el fetiche que vive de la muerte del trabajador): la objetivación de la subjetividad en el proceso del trabajo no se consuma como subjetivación igual de la objetividad en el salario. He allí la injusticia ética del capitalismo: su perversidad desde el trabajador -y en su esencia- (Dussel 1985, 149).

Pero incluso los valores propios del sistema han venido en decadencia, particularmente lo ha hecho en la actual crisis mundial. Son conocidas las organizaciones tipo pirámide que tuvieron lugar en Wall Street. El protagonista de la novela de Volpi, Memorial del engaño, dice que en Wall Street todos son dignos alumnos de Carlo Ponzi3. Bernard Madoff, creador y presidente de una de las firmas de inversión más importantes de Wall Street, que lleva su nombre, creó una pirámide que fue descubierta en 2008 con la cual defraudó a miles de inversionistas en una cuantía de alrededor de 65.000 millones de dólares; el robo más grade de la historia, llevado a cabo por una sola persona. El protagonista de la novela de Volpi, igualmente defraudador por medio de una pirámide, reconoce con gran franqueza:

Sí, yo defraudé a un centenar de inversionistas. Sí, entre ellos había fondos de pensiones, universidades, hospitales, fundaciones artísticas y humanitarias. Sí, engañé a mis amigos y a los amigos de mis amigos. Sí, puse en riesgo a mis socios y a mi familia. Sí, soy un canalla y un ladrón, digno heredero de Charles Ponzi. Sí, acepto que se me compare con Bernie Madoff (excepto, por favor, en el peinado) aunque su fraude supere al mío en cuatro a uno. Sí, soy un monstruo, un demonio, un peligro para la sociedad. Pero quienes me señalan con sus índices flamígeros mientras contemplan el skyline de Manhattan degustando un coñac o mordisqueando un habano no son mucho mejores (Volpi 2013, 25).

Se trata de una crisis de valores que penetra todo el sistema capitalista mundial; Colombia no escapa a la misma, baste recordar el caso de Interbolsa. La apreciación de Revéiz, al respecto, es precisa y contundente:

…después de los atentados terroristas del 9-11, se inicia el nuevo modelo de política económica basado en la subpríme, tras la terminación del ciclo de la economía de la información. Se montó un sistema de gobernabilidad mundial con la hegemonía del sector financiero. Los Estados-Nación fueron sometidos a la jerarquía de los poderes financieros internacionales, capturados por las clases dirigentes de los países e infiltrados por los intereses mafiosos. En esta etapa, las crisis bancarias estuvieron ligadas con las cambiarias con el antecedente de la crisis asiática (Revéiz 2011, 34).

6. ¿Hacia dónde irá el capitalismo?

No trataré de inventar ninguna profecía, sino de aventurar algunos futuros posibles teniendo en cuenta, al mismo tiempo, las necesidades históricas, como las plantea Marx en el prólogo a la Contribución, y la acción de los pueblos con su componente de casualidad, como él mismo la ve en El dieciocho Brumario. Una posibilidad es que el sistema continúe como hasta ahora, creciendo ilimitadamente, hasta destruir las condiciones en el planeta adecuadas a la vida humana y, en consecuencia, que se llegue a la destrucción de la especie humana -seguramente la especie humana no es eterna, la pregunta es cuánto tiempo le queda en el planeta-, y la otra alternativa es que los pueblos logren cambiar la historia y organizar la sociedad de tal manera que permanezcan esas condiciones adecuadas para que la vida humana continúe existiendo, y ojalá en condiciones más adecuadas al conjunto de los grupos humanos. Es tan posible lo uno como lo otro y en ello juega la dialéctica de la necesidad y la casualidad.

La tarea de cambiar el rumbo de la historia está en manos de las clases desfavorecidas en el modelo imperante, aquellas que se apropian de la mayor parte del producto creado por el trabajo -la plusvalía- no tienen razones para buscar un cambio. Además sus teóricos argumentan que este es el único mundo posible, es un mundo dado a partir del cual reflexionan sus ciencias sociales.

La historia tiene suficientes ejemplos del papel de la casualidad en los cambios fundamentales. El movimiento de los Indignados surgió y creció en un tiempo muy corto, bastó como detonante el grito de lucha de Hessel: ¡Indignez-vous!, para que una ola gigantesca de grupos humanos, de variadas condiciones sociales, ocupara varias capitales del mundo; la revolución de los bolcheviques se organizó en pocos meses -entre abril y noviembre de 1917- y logró los Diez días que estremecieron al mundo; si bien no alcanzó el sueño "verdadero", probó muchas cosas importantes en los cambios radicales, como que la economía puede funcionar sin empresarios capitalistas. En América Latina han surgido cosas nuevas en corto tiempo, no es seguro que ese proceso permanezca y siga creciendo en el futuro, pero también es posible que lo siga haciendo y que el sumak kawsay llegue a ser el modo de vida dominante en la región.

7. Una alternativa

Todo indica que los componentes de la actual crisis sistémica no tienen una salida viable en los marcos de la actual racionalidad. Ya hemos dicho que todo esfuerzo del capitalista tiene como propósito el incremento de la cuota de plusvalía, lo cual se presenta en la realidad concreta como la racionalidad de la ganancia. Esta racionalidad lleva como una fatalidad a la búsqueda de salarios reales bajos, al mantenimiento de altas jornadas de trabajo y a la desigualdad en la distribución de la riqueza y del ingreso, todo lo cual disminuye relativamente la esperanza promedio de vida del proletariado; la racionalidad de la ganancia requiere de los menores costos y los mayores precios posibles, lo cual lleva al uso intensivo de combustibles fósiles, a la destrucción de bosques, al uso irracional del agua, etc.; en una palabra, a la destrucción de las condiciones del planeta propias para la vida, particularmente de la vida humana, lo que comúnmente se denomina problema ambiental. La competencia cada vez más aguda, sobre todo en los momentos de crisis de sobreproducción, obliga al sistema a la violación de su propia legalidad, al desconocimiento de los valores propios de la economía capitalista.

Por lo anterior, la salida a la crisis sistémica del capitalismo solo es posible con un cambio de racionalidad. En este sentido, proponemos -en la línea de Investigación Pensamiento Alternativo, que coordino- una racionalidad alternativa: la racionalidad para la vida o Modo de vida alternativo:

El modelo alternativo lo hemos denominado: Desarrollo Humano Multidimensional. Se trata, por supuesto, de una utopía. Entiendo la utopía, basado en el filósofo colombiano Darío Botero Uribe, como una racionalidad alternativa, superior a la existente, que aún no tiene carta de ciudadanía y a ello agrego que su realización será posible cuando sea apropiada por la comunidad. El pensador colombiano Antonio García Nossa nos dice a propósito lo siguiente:

"Desde un ángulo estrictamente histórico, tiene poca importancia el que exista o no la Tierra Prometida: lo verdaderamente importante es lo que el hombre ha conquistado creyendo en ella y luchando voluntariamente por acercarse a ella".

Un sueño compartido, una visión de futuro, es mucho más que un simple deseo, es un potenciador de esfuerzos de construcción, porque unifica las voluntades dispersas en un todo único cuyo valor conjunto es mucho mayor que la suma de sus partes. Un buen ejemplo de esto es la leyenda de Moisés, él oyó una voz que le decía: "He bajado para librarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa; a una tierra que mana leche y miel…" Lo importante no es si tal tierra existía en realidad y mucho menos si la leche y la miel brotaban del suelo, tampoco importa si realmente oyó la voz o soñó haberla oído, lo realmente admirable es lo que aquel líder y su pueblo lograron, siguiendo la invitación: liberarse de la esclavitud (Sabogal 2012, 163).

Partimos del supuesto de que lo más importante en la vida es la vida misma. La condición sine qua non para cualquier actividad humana, sea esta del cuerpo o de la mente, es estar vivo. Como lo dice el pensador latinoamericano de origen alemán Franz Hinkelammert:

Lo primero en la vida del ser humano, no es la filosofía, no es la ciencia, no es el alma, no es la sabiduría, no es la búsqueda de la felicidad, no es el placer, no es la reflexión sobre Dios; es, la vida misma. Toda libertad, toda filosofía, toda acción, toda relación con Dios, presupone el estar vivo. Presupone por tanto, la posibilidad de la vida, de la vida material, concreta, corpórea. Y esta posibilidad de la vida presupone el acceso a los medios para poder vivir (Hinkelammert y Mora 2009, 35).

La vida y el bienvivir. Para conservar la vida, el ser humano requiere dos condiciones: disponer de los medios de vida y de un ambiente adecuado. El sistema capitalista reconoce para la vida la condición de derecho humano fundamental, pero es un derecho formal, porque el sistema no garantiza los medios materiales necesarios para conservar la vida. La racionalidad para la vida implica garantizar a los humanos los medios materiales necesarios para mantener la vida: las calorías, las proteínas, las vitaminas, etc. y el ambiente adecuado -la temperatura ambiente y el porcentaje de partículas de oxígeno en el aire apropiados a la vida-.

Garantizar esas condiciones es posible, dada la productividad del trabajo con que la humanidad cuenta en estos momentos. El consumo humano es finito. El estómago es limitado y la actual producción de alimentos es suficiente para llenar los estómagos de los 7.000 millones de habitantes actuales, tres veces por día -los alimentos que se arrojan a la basura, por vencimiento o para mantener los precios, son suficientes para terminar con el hambre del mundo-; el cuerpo humano también es limitado, por lo cual es posible cubrirlo con el vestido adecuado al tipo de trabajo y a las condiciones de cada clima con la producción existente en la actualidad; lo mismo podemos decir de la vivienda, la salud, etc., en general, lo que podemos llamar la canasta necesaria para la vida puede ser suministrada sin que para ello sea necesario aumentar la producción actual.

El otro componente necesario para la vida, el ambiente, se puede garantizar mediante una convivencia responsable con la naturaleza. Todos los valores de uso que nos ofrece la naturaleza son limitados, salvo la energía solar, por lo cual su consumo debe ser racional, de tal manera que no se agoten antes de que puedan ser sustituidos. Un ejemplo paradigmático es el de los combustibles fósiles; estos no solo son finitos sino que su uso contamina el aire, una manera de disminuir su uso es consumiendo los alimentos en el mismo lugar geográfico donde se producen. Solo la racionalidad de la ganancia lleva a la decisión de producir alimentos en un continente y consumirlos en otro. Otra opción es acercar de nuevo la ciudad y el campo, los huertos caseros urbanos tienen dos propósitos: producir alimentos en el mismo sitio donde se consumen y diversificar las actividades humanas, para vencer la monotonía. Aquí vale la pena recordar la idea de Fourier, que le gustaba repetir a Marx, de que el hombre futuro hace ciencia en la mañana, arte al medio día y cultiva su huerto en la tarde.

La racionalidad para la vida implica tomar la vida como parámetro de todas las acciones humanas, sobre todo de las acciones productivas de bienes materiales. Es muy sencillo definir qué productos son útiles a la vida y cuales sirven para la muerte; cualquiera sabe que un fusil o una bomba nuclear no se requieren para la vida, sino para la muerte. En la racionalidad para la vida es claro que todo trabajo invertido en producir medios de guerra, en hacer publicidad o, en buena medida, en el sector financiero, o bien va contra la vida o bien es un trabajo inútil.

En la racionalidad para la vida se debe cambiar el concepto de riqueza. Proponemos entender como riqueza los valores de uso. Un ser humano es rico si dispone de medios consumibles, útiles para el cuerpo o para la mente. La riqueza es aportada directamente por la naturaleza -aire, agua, etc.- o se obtiene con el trabajo humano concreto, mediante la transformación de componentes naturales.

Por supuesto, no basta estar vivo, hay que buscar el bienvivir4. Por supuesto, la condición indispensable para bienvivir es estar vivo. Además de la vida, para bienvivir se requiere una serie de libertades, como las siguientes: opinar informadamente, participar en la organización de la sociedad y en la construcción de su futuro, ejercer sus preferencias sexuales, religiosas, artísticas, etc. Como puede verse, para disponer de las libertades del bienvivir se requieren dos condiciones: democracia y educación. La democracia entendida como una forma de vida no como un simple mecanismo de participación. La educación entendida como un proceso continuo, que involucre a la población de todas las edades, que, además de proporcionar la asimilación de los conocimientos existentes, prepare para la autonomía, la creación de nuevo pensamiento y la imaginación, que invite a comprender la complejidad de la realidad concreta y cambiante, que ayude a comprender que los procesos de conocimiento implican la multidimensionalidad del ser humano, se piensa y se siente simultáneamente: se pensiente.

El pensamiento alternativo. La búsqueda de formas de organización social novedosas, implica la creación de pensamiento alternativo. Las ciencias sociales existentes, en particular las ciencias económicas, obedecen a las necesidades del modelo imperante. Estas ciencias tienen como propósito resolver los problemas de la producción; su preocupación es cómo producir o cambiar bienes o servicios con la máxima ganancia posible. Además de que para tales ciencias el modelo existente es natural y, por lo tanto, el único posible, no dejan espacio para pensar en futuros alternativos. Necesitamos, en cambio, un pensamiento que tenga como preocupación los seres humanos, su vida y su bienvivir, y no los objetos materiales.

Hay que aclarar que la reflexión teórica sobre un modo de vida alternativo y la creación del pensamiento alternativo forman parte de un solo proceso. Además, no se trata de un proceso puramente teórico, sino que el mismo debe interconectarse con las prácticas de los movimientos sociales llevados a cabo en la búsqueda de condiciones dignas de vida y contra los procesos productivos que deterioran la vida y la naturaleza. El pensamiento que nos proponemos construir tiende hacia una ciencia social de fines, los fines son la vida y el bienvivir, contraria al pensamiento económico ortodoxo que es una ciencia de medios: producir, vender y obtener ganancia. Como es obvio, un pensamiento nuevo alternativo no puede salir de la nada, por eso estamos buscando raíces en distintas fuentes, particularmente en las siguientes: 1- de Europa el pensamiento de Carlos Marx y el de los socialistas utópicos, 2- el pensamiento crítico latinoamericano y 3- el pensamiento ancestral. De Marx tomamos fundamentalmente su método; compartimos la afirmación de Federico Engels que, en carta a Werner Sombart el 11 de marzo de 1895, decía: toda la concepción de Marx no es una doctrina, sino un método (Engels 2014). En el pensamiento latinoamericano debemos retomar desde el maestro de Bolívar, quien insistió en que creamos o erramos, pasando por marxistas como Mariátegui y Ponce y muchos otros, hasta los pensadores que hoy están trabajando en el camino de superar el desarrollo tradicional, ya se habla de alternativa al desarrollo más que de desarrollo alternativo. Y no solo el pensamiento sino la práctica. Algunos gobiernos latinoamericanos trabajan en la construcción de mundos nuevos. Miriam Lang, en el prólogo al libro Más allá del desarrollo, lo plantea en estos términos:

…las izquierdas plurales, más allá de criticar y resistir la arremetida depredadora del capitalismo actual, tienen la tarea de elaborar nuevas propuestas y visiones, de interpelar aquel imaginario colectivo que aún anhela la simple inclusión en el modo de vida de consumo desmesurado, de resquebrajar su hegemonía. La tarea de plantear nuevos debates, acerca de qué podrían significar, desde otra perspectiva, conceptos tan vitales como la felicidad o la calidad de vida, y de transformar otro mundo en algo imaginable (Lang 2011, 12).

Atendiendo al movimiento dialéctico de la historia, en la construcción de futuro no se debe olvidar el pasado. Marx, ya en los manuscritos de 1857-1858 lo había planteado, con estas palabras:

…la concepción antigua según la cual el hombre, cualquiera que sea la limitada determinación nacional, religiosa o política en que se presente, aparece siempre, igualmente, como objetivo de la producción, parece muy excelsa frente al mundo moderno donde la producción aparece como objetivo del hombre y la riqueza como objetivo de la producción. Pero, in fact, si se despoja a la riqueza de su limitada forma burguesa, ¿qué es la riqueza sino la universalidad de las necesidades, capacidades, goces, fuerzas productivas, etc., de los individuos, creada en el intercambio universal?… Por eso el infantil mundo antiguo aparece, por un lado, como superior. Por otro lado, lo es en todo aquello en que se busque configuración cerrada, forma y limitación dada. Es satisfacción desde un punto de vista limitado, mientras que el [mundo] moderno deja insatisfecho o allí donde aparece satisfecho consigo mismo es vulgar (Marx 1978, tomo 1, 447-448).

En la sociedad antigua el objetivo de la producción son las personas, mientras que en la sociedad moderna las personas se tornan en medios para la producción.

El pensamiento ancestral es particularmente importante. Los procesos novedosos de los gobiernos de Bolivia y de Ecuador han recurrido al pensamiento y a la práctica de las comunidades indígenas con éxitos importantes. Nuestros ancestros tienen mucho que enseñarnos, particularmente en el ámbito de la solidaridad y de nuestra relación con la naturaleza. Y el regreso al pasado no solo tiene validez para el caso de los antepasados de América Latina, sino en sentido general. Marx, en los últimos años de su vida, se esforzó por encontrar en las formas de organización social de la antigüedad luces para mirar el futuro. El autor de la Introducción a Los apuntes etnológicos de Marx plantea el tema en estos términos:

Marx vio en esta anagnórisis el signo de que el hombre moderno posee en su conducta un componente arcaico comunal, que mantiene arraigado en su ser social un factor democrático e igualitario. La comparación con el pasado era para él algo básico a la hora de criticar la actual situación civilizada (Krader 1988, 9).

La palabra anagnórisis en el teatro griego significaba redescubrimiento de sí mismo, reencontrarse consigo mismo. La idea de Marx es que los humanos debemos reencontrarnos en las sociedades comunitarias, que la propiedad privada -sobre todo la propiedad privada capitalista- es una suerte de paréntesis en la historia de la especie.

Los investigadores, particularmente en las ciencias económicas, nos enfrentamos a la siguiente disyuntiva: de un lado los que defienden el mundo existente, bien sea porque creen en él o porque les proporciona una vida cómoda y, de otro, quienes no nos sentimos satisfechos con este mundo y además creemos que otro mundo es posible. A los segundos nos toca recorrer el camino más difícil -entre otras cosas porque no contamos con el apoyo de las fuentes de financiación oficiales- pero, creo yo, vale la pena seguirlo recorriendo.

Citas de pie de página

2. La traducción de las citas de Piketty son mías.

3. Carlo Ponzi es el creador de la idea de las pirámides financieras.

4. Utilizo el concepto de bienvivir, uniendo las dos palabras de la propuesta ancestral: bien vivir, con el propósito de sustantivar la propuesta.


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